Entradas desordenadas:

Facebook no facilita la posibilidad de rescatar entradas antiguas con comodidad, así que el desorden cronológico con que se suceden en este blog se debe a ello. Sólo con tiempo y paciencia se puede ir cada vez más atrás localizando reflexiones y pensamientos dignos de ser recuperados; la búsqueda resulta muy cansadora. Este blog hace una selección de la participación de Brigantinus desde su inicio.

viernes, 18 de marzo de 2016

Fraudes ¿inocentes?

22/12/2011

Estoy releyendo un libro que en su momento me gustó. Me refiero al de John Kenneth Galbraith, "La economía del fraude inocente", de Editorial Crítica, del 2004. Esta editorial se caracteriza por la excelente selección de sus títulos y en general todos sus libros son muy recomendables. Pero vamos a éste. El autor llama "fraude inocente" a lo que también podría recibir el nombre de "mentiras invisibles", o sea, aquellas que por haberse convertido en tópicos, lugares comunes, ya nadie se siente tentado a analizarlas. 
El "fraude inocente" surge de las creencias de quienes participan en el sistema; por lo tanto no originan ninguna sensación de culpabilidad, por el contrario, los que las proclaman se sienten apoyados por la razón y la evidencia de la experiencia. 
Un ejemplo de estos "fraudes" es la afirmación que del capitalismo puro y duro hemos pasado a un "sistema de mercado" cuyo poder reside en los consumidores compuestos por la inmensa mayoría de la población. Es el "mercado" el que manda; impersonal y eficiente, no se deja engañar por las maniobras de los políticos y los burócratas. 
El "mercado" dispensa así, neutralmente, sus beneficios y castiga a los que intentan burlarlo con dobles contabilidades o con presupuestos que incrementan la cuantiosa deuda de los países.

Pero esto anterior... es sólo un "fraude inocente" que proclaman los catedráticos de economía, viviendo en su burbuja de cristal académica. Detrás de este nombre "de mercado" se esconde el poder de los directivos de las grandes corporaciones que ni siquiera son los propietarios del capital -es decir sus principales accionistas- sino los integrantes de los equipos que las gobiernan y manipulan en todos los planos, empezando por los propios accionistas y terminando por esa gran masa de consumidores que está sometida al bombardeo planificado e inteligente de la publicidad y la creación de nuevos productos totalmente innecesarios.

Galbraith, famoso economista, integrante de organismos de alto nivel en su país e internacionales, conoce bien los entresijos del mundo académico. También los del gran mundo económico y político, y por lo tanto su denuncia, contundente y sintética, no es el resultado de una calentura adolescente ni de un bolchevismo anacrónico. Su opinión merece, por lo menos, analizarse a fondo. J.K.G. estima que medir el progreso social por el Producto Bruto Interno (PIB) es también un fraude. Los grandes logros culturales y científicos de la humanidad se han logrado en sociedades con un PIB muy bajo, a los criterios actuales, y además igualar con la palabra "trabajo" el esfuerzo gris, peligroso y repetitivo de muchos, con aquel que es fuente de gratificación personal, y de prestigio social... no sólo es una paradoja sino también origen de otros "fraudes inocentes". Se pregunta como puede ser que la remuneración mas generoso en nuestra sociedad se corresponda con los trabajos más gratificantes y que, para colmo, se acepte como una virtud el ocio de los más ricos, mientras el trabajo, el otro, el gris o peligroso es visto como muy encomiable para los más pobres.


Opino, sin ánimo de "sentar cátedra" que la mayoría de la población; la que recibe los magros beneficios en las épocas de bonanza y sobre la que recae todas las medidas extraordinarias, en épocas de contracción, debería tomar en cuenta esto que sugiere el profesor Galbraith, y no aceptar pasivamente el enfoque "oficial" sobre cómo debe salirse de la crisis. Entender que el "esfuerzo de todos" es una excelente afirmación... pero que puede esconder un "fraude inocente" (lo de "inocente" es un decir) que encubre la política más dura y clasista: socializar las pérdidas y privatizar las ganancias.

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